El desarrollo económico de México ha tenido muchos rasgos peculiares que lo distinguen de los patrones normales seguidos en otros países. Uno de ellos, y quizás el más destacado, es el de la acometividad del sector público para contribuir a intensificar el desenvolvimiento del país. Ante el ansia de progreso material y social del pueblo mexicano, las autoridades han desbordado los campos usuales de inversión estatal, y han penetrado ramas, cuyo desarrollo comúnmente se deja en manos de la iniciativa privada. No me propongo aquí discutir las ventajas o las desventajas que acarrean estas incursiones. Aunque comprendo que es un tema de discusión fértil, en esta ocasión mi propósito es otro: pretendo examinar los criterios de eficiencia de las empresas estatales y proporcionar mis ideas al respecto, fruto de una reflexión desapasionada e inspirada en el deseo del progreso de México.