Nadie desconoce que en años recientes los niveles y la velocidad del progreso material constituyen la vara principal con que se mide el desempeño de un pueblo, de un país o de un bloque determinados. De ahí el ansia generalizada de lograr aumentos de producción; sentimiento que muchas veces es más fuerte en los países atrasados, dadas las condiciones de suma pobreza en que se debate la mayoría de su población. Los países subdesarrollados se han impuesto así la tarea de elevar velozmente las condiciones internas de vida y, en forma simultánea, mitigar las discrepancias de ingresos y de riqueza que actualmente prevalecen entre los países avanzados y los pobres. Es difícil menospreciar la envergadura de esta empresa.